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Relatos de Cine

 

Relatos de Cine¿ Cuántas comedias románticas necesita uno para darse cuenta de que el amor de pajaritos y bandas de música solo existe en el Cine ?.

El día que tenga la respuesta, dejaré de casarme.

Allí, frente a la mesa del mejor abogado de divorcios que se puede pagar con dinero, mi  casi ex mujer y yo nos mirábamos con indiferencia. A mis cincuenta y cinco años y siete matrimonios, el Bufete de Walter Longsley y Asociados se había convertido en mi segunda casa.

Sin mirar a aquella víbora de tetas falsas firmé el divorcio, perdiendo un par de casas de campo y diez millones de dólares por el camino. No me importaba, era tan rico que necesitaría seis vidas para gastar la décima parte de una fortuna cimentada en el invento del mayor y mejor portal de citas de Internet.

¿Irónico, verdad ?

Tras echar una última mirada a la figura recauchutada que abandonaba el despacho, mientras Walter me decía “ te veré en el siguiente” no pude evitar maldecirme por ser tan tonto, por seguir creyendo que el amor verdadero estaba ahí para cogerlo. Tanto ensayo y error, tantos intentos fallidos solo eran una curva de aprendizaje para el gran momento que lo cambiaría todo.

“Hay que ser imbécil” me dije, bajando las interminables escaleras del edificio Donahue, un monstruo de acero y cemento repleto de despachos donde los sueños se convertían en carísimos divorcios.

Cuando llegué al Hall Alex, el Conserje, me saludó con familiaridad.

-¿Otro día duro,señor Lone?

-Sí Alex, otro más. Saluda a la familia. La siguiente vez que te vea quizás tu niño de seis años ya haya cumplido siete.

Divertido, el Conserje negó con la cabeza. Salí por la puerta, pensando que no me apetecía entrar en la Limusina y volver a esa Mansión vacía. Necesitaba aire fresco, quizás un paseo por el Parque, un helado junto al lago de Alden Park.

Di órdenes al chófer para que me esperara, y anduve hacia allí, distraído. Las primeras hojas del otoño caían, y un sol de justicia inundaba las acristaladas cumbres de la Urbe de Nueva Aúrea.

Los rayos del sol eran maravillosos. Entre ensoñaciones llegué a Alden Park, y decidido me acerqué al puesto junto al Lago. Varios niños guardaban cola delante mío, con las monedas en la mano, relamiéndose, esperando un helado.

Cuando llegó mi turno, sin prestar atención pedí un cucurucho de Nueces de Macadamia y Chocolate, mi favorito.

-Hace años que nadie me pide esto, ¿será porque no lo fabrican?

La voz femenina llegó hasta mí cálida, sacándome del limbo en que me hallaba.

-Pues hoy precisamente me vendría genial uno de ellos – dije, contemplando a la hermosa mujer que tenía delante, una rubia belleza de unos cuarenta años, ojos azules y sonrisa sincera.

-¿Un mal día? Dicen que para cada mal recuerdo existe un sabor de helado. Quizás deba buscar nuevos sabores para tapar viejos recuerdos.

-¿Qué me recomienda ?- pregunté, sonriente.

-Le recomiendo que pase del helado. Coja una barca, vaya al lago. Cuando solo escuche el agua, mire hacia aquí, a mí, la mujer lejana. Para entonces los rayos del sol tendrán la palidez del atardecer. Piense en su peor momento, y piense también en el mejor. Sienta el agua en sus manos, respire hondo. Cuando vuelva dígame qué helado quiere, y yo misma le invitaré a tomarlo.

“Siguiente, por favor” oí, observando como un rechoncho niño de rojos carrillos pedía el cucurucho más grande que había visto en mi vida.

En el centro del Lago todo era distinto. La ténue luz del atardecer, la quietud del agua, la barca meciéndose y crujiendo bajo mis pies… cuando miré al puesto, la silueta de la Mujer se perfilaba contra el telón de la tarde. Pensé en mi peor recuerdo, y en el mejor, y de repente nada parecía tan malo.

Cuando por fin volví , ella estaba esperando, ya nadie hacía cola buscando un helado.

-¿Y bien?- preguntó – ¿ qué sabor quiere?

-Café, quiero café-respondí, sin pensarlo.

-No tenemos café, pero si quiere uno caliente y un poco de conversación, hay un sitio muy bonito al final de la calle.

-No quiero tomarme un café en un sitio muy bonito al final de la calle, salvo si lo tomo con usted. Ya he elegido mi sabor…

Ella sonrió, cerrando el puesto.

Sin decir palabra nos alejamos, solo el ruido de nuestras pisadas contra el camino de tierra.

De repente, la bella mujer no me pareció tan lejana.

Cuando pasé junto a la entrada del Edificio Donahue, Alex me saludó, tocando su sombrero con la mano.

-Buenas noches, señor Lone.

-Buenas noches, Alex, le deseo el mejor de los futuros.

Siendo plenamente consciente de mis palabras, tuve la sensación de que, por fín, era la última vez que oía hablar de Walter Longsley y Asociados.

Eduardo Bonafonte Serrano

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