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‘Kingsman: El círculo de oro’, modales de diamante en bruto

cr_17_kingsmanCuando el cuartel general de los Kingsman es destruido y el mundo está en peligro, las andanzas de sus agentes les llevan al descubrimiento de una organización de espionaje aliada en EE.UU. llamada Statesman, cuyo origen se remonta a la fecha en que ambas fueron fundadas. En una nueva aventura que pone a prueba la fuerza y el ingenio de sus agentes hasta el último extremo, ambas organizaciones secretas de élite aúnan sus esfuerzos para derrotar a un implacable enemigo común, con el fin de salvar al mundo, algo que está convirtiéndose en una especie de hábito para Eggsy…

Con un inicio frenético, sin detenerse en presentar a sus personajes ya conocidos, arranca, como no podía ser de otra manera, la nueva entrega de la sastrería de espías más famosa del imperio Británico. Y lo hace sin envidiar en lo más mínimo a los mejores capítulos del agente con licencia para matar. Kingsman ya es un diamante, para toda la eternidad, en bruto.

No se trata de un sucedáneo. Sino que es una película de acción con identidad propia, a caballo entre el mejor cine de espías, el de superhéroes de cómics y, en esta ocasión concreta, hasta con cierta dosis del género de princesas Disney. Así, con estos elementos: agitado, no revuelto.

‘Kingsman: El círculo dorado’ repite el mismo esquema de su predecesora. La letal supervillana Poppy (estupenda Julianne Moore), amenaza con una aniquilación masiva de escala mundial si no se atienden sus alocadas pretensiones. Y funciona. Además de prescindir del factor sorpresa en cuanto a género propio, gana en dinamicidad, acción y algún que otro giro argumental bastante admirable. Devuelve a la vida con gran coherencia al magnifico Harry (Colin Firth, en su mejor versión que mantiene en vilo todos esos interrogantes), ya que sin él no tendría sentido secuela alguna. Y a Eggsy (Taron Egerton), más en forma, estilizado, asentado y comprometido que nunca, rompiendo los estereotipos del espionaje cinematográfico.

El director y guionista, Matthew Vaughn (‘Stardust’, ‘Kick-Ass: Listo para machacar’, ‘X-Men: Primera generación’), vuelve a contar con el mismo equipo habitual: Jane Goldman como co-guionista, basándose en la novela gráfica de Mark Millar y Dave Gibbons. Además de contar con los supervivientes del primer servicio secreto como es el imprescindible Mark Strong, añade una nueva línea argumental que asegura la continuidad de la historia. Statesman es la versión americana más country dedicada al espionaje internacional, a la sombra de una impresionante destilería de Bourbon.

Pedro Pascal (brilla con intensidad propia), Channing Tatum (enorme, en todos los sentidos), Jeff Bridges (nos hace olvidar al gran Michael Caine con sus modales sureños imitando los westerns clásicos de su propio padre, Lloyd Bridges), y Halle Berry (desquitándose de lo que pudo ser y no fue en su anterior papel del espía doble cero), son los nuevos personajes para este juicio final en el que «no hay tiempo para los sentimientos».

Especial mención, atención, simpatía y singularidad merece una de las mejores autoparodias de una estrella del pop de los últimos tiempos, que logra salir de manera magistral del limbo de las «celebrities».

Entre moda alocada de los 60, canibalismo en forma de hamburguesa, el presidente de un país cuyo emblema es «muerto el perro…», espías malsonantes, y las mejores persecuciones por las calles de Londres, ‘Kingsman: El círculo de oro’, se consolida por méritos propios como una película imprescindible para disfrutar en pantalla grande, y muy digna continuación a la misma altura que su predecesora. Con lo que ya hay impaciencia por disfrutar de la tercera entrega ya en proceso de producción.

Haciendo mención al lema de «los modales hacen al hombre» no se echa de menos la secuencia de acción tan memorable y violenta como fue la masacre en la iglesia. A cambio, sí recrea otras espectaculares y magistrales escenas y alguna coreografía mucho menos frenética, que hacen en su conjunto una magnífica película de acción.

Como especial reflexión, invito al espectador a meditar sobre las equivalencias del título de la entrega referentes al tatuaje de oro de los villanos, al emblema que encierra la inicial de Kingsman, o a lo que realmente significa el compromiso de portar un anillo de compromiso.

Lo mejor: las diferencias entre un buen escocés o el bourbon más añejo, los Kingsman o los Statesman, los caballeros de la mesa redonda o los nombres de bebidas alcohólicas. Y por supuesto, la épica de Mark Strong cantando cual himno «Country Roads» de John Denver.

Lo peor: al repetir los esquemas similares de la anterior entrega no resulta tan sorprendente, pero sigue siendo igual de divertida y aparentemente con más acción.

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