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‘La batalla de los sexos’: no solo cuestión de pelotas

En 1973, el acontecimiento deportivo «la batalla de los sexos», partido de tenis entre la campeona mundial femenina Billie Jean King y el excampeón masculino Bobby Riggs, supuso un momento decisivo en la revolución sexual y en el auge del movimiento feminista, obteniendo las mayores cuotas de audiencia con 90 millones de espectadores en todo el mundo. Mientras, en la pista, cada uno de los contrincantes libraba las batallas más personales y complejas por aceptar su propia identidad.

Una vez más, rebuscando en el baúl de los recuerdos de la historia reciente, encontramos hechos mucho más que anecdóticos que con el paso del tiempo nos ayudan a comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Lo que para unos puede ser una evolución deportiva y técnica del mundo del tenis, para otros viene a significar un punto decisivo a la hora de lograr la igualdad entre sexos.

El principal aliciente que busca esta versión cinematográfica de ‘La batalla de los sexos’ es recrear una singular historia como si de un viaje de 40 años atrás se tratase. De hecho, cuando todavía no existía esta división independiente, el logo de Fox Searchlight aparece simulando el diseño de la época tanto de imagen y sonido, inspirada en su hermana mayor.

A partir de aquí los directores Jonathan Dayton y Valerie Faris (‘Ruby Sparks’, ‘Pequeña Miss Sunshine’), comienzan a desarrollar un impecable y minucioso trabajo por mostrar fidedignamente no sólo la ambientación, el vestuario de personajes, la música, sino también la posición de las cámaras, la iluminación y las texturas, logrando ese salto temporal a la perfección.

‘La batalla de los sexos’ es una comedia con gran carga de crítica social. Habla (una vez más, y por desgracia no es suficiente), de la gran brecha salarial entre mujeres y hombres, los inicios reivindicativos del feminismo en el deporte y de cómo afectan los sentimientos al juego de vida que jugamos.

Es curioso que en aquellos años locos una conocida marca de tabaco como Phillip Morris decidiera patrocinar eventos deportivos, como es el caso del tenis femenino, sin tener en cuenta los efectos nocivos en la salud de sus jugadoras. Ironías de la vida. Al menos en algo sí hemos evolucionado.

El peso de la película, sin lugar a dudas, recae sobre sus dos protagonistas, con excelentes interpretaciones de los referentes de la historia original.

Emma Stone (‘La ciudad de las estrellas – La La Land’, las dos entregas de ‘The Amazing Spider-Man’, ‘Criadas y señoras’), es la inteligente y decidida tenista que propone cambiar las reglas del juego, en cuanto a remuneración se refiere. La discriminación salarial es su batalla exterior, teniendo que ser la mejor para poder cambiar las cosas. Pero en su interior, el combate que se desata es el de la revolución sexual, que depende en exceso de los condicionamientos sociales y deportivos de una época no tan remota.

Steve Carrell (‘Foxcatcher’, ‘La gran apuesta’, ‘Crazy, Stupid, Love’), es el excampeón aburrido que combate sus días con absurda competitividad y enfermizas apuestas. Un padre juguetón y divertido sin límites dentro de casa, y un buscavidas adicto al juego sin remedio fuera de ella. Apodado como el «cerdo machista», representa la involución retrógrada de un auténtico payaso en el circo del tenis americano. Se trata del perfecto ludópata que no conoce la derrota y que sería capaz de vender mujer e hijos por una apuesta.

Las caracterizaciones de los personajes están tan logradas que hasta permiten el guiño con el espectador de que si ella no llevara gafas y se dejara el pelo largo parecería una estrella de cine.

‘La batalla de los sexos’ tiene otras magníficas bazas a su favor. Destacan los papeles de reparto, la buena selección musical de los 70, las excelentes perspectivas y composiciones de sets y de edificaciones que juegan con los estilos de esta década.

Logra reflejar indirectamente la preocupación inicial por el dopaje en el mundo deportivo, o cómo mantener las emociones fuera del juego. Y destaca el contraste de la introducción del color en la historia del vestuario femenino, y también del emblemático «respeto» tan solicitado hasta nuestros días.

A pesar de ser en sí misma una historia bastante previsible en clave de comedia y algo de drama, mantiene una perfecta descripción del encuentro deportivo y social. Y demuestra que el precio de ganar o perder una batalla no ha de significar una inevitable guerra, sino una meta a alcanzar por la convivencia pacífica de la igualdad, independientemente del género sexual o del trasfondo social.

Lo mejor: la ambientación y declaraciones de los conocidos personajes de la época que desfilan por la televisión.

Lo peor: que no se libren batallas mundiales o conflictos internacionales a golpe de raqueta en una pista de tenis.

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