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‘Alanis’, una vida de puta madre

Alanis es trabajadora sexual, tiene un hijo y comparte piso en el centro de Buenos Aires con Gisela. Ambas mujeres cuidan del bebé y reciben a sus clientes en el apartamento. Todo cambia cuando dos inspectores municipales irrumpen en su domicilio y detienen a Gisela acusada de trata. Expulsada de su piso, Alanis se traslada temporalmente a casa de su tía. Cuida a su hijo y ofrece en la calle lo que sabe hacer. Siempre en continuo movimiento, Alanis deberá pelear por encontrar su lugar.

No es mi intención utilizar lenguaje que pudiera ser entendido como soez o malsonante, sino más bien poner poner en cuestión el porqué se utilizan ciertas expresiones cuando vienen a significar algo muy distinto en la realidad. Y el mejor ejemplo que se me ocurre es la mera descripción de lo que trata esta película en cuestión.

‘Alanis’ está dirigida por la realizadora argentina Anahí Berneri como un intento de ser escaparate de una realidad social que puede encontrarse en cualquier parte del mundo. Nos introduce directamente en la intimidad de su personaje y en la interacción del mismo con su entorno más cercano. Deja la totalidad del peso de la película en la protagonista de la historia, una magnífica interpretación de Sofía Gala Castiglione, en el papel de una joven madre de tan solo veinticinco años que ejerce la prostitución.

‘Alanis’ es una película tremendamente urbana y sobre todo anónima. Puede desarrollarse en cualquier esquina de nuestra ciudad, y vivirse crudamente tras cualquier tabique de una comunidad de vecinos. Sin complejos, sin apegos y sin prejuicios. Sin sentimientos.

Describe la convivencia entre diferentes estamentos como los policiales, los servicios sociales y el laberinto administrativo, y el ejercicio profesional de la prostitución a escala individual. Pero también alude indirectamente al nivel de desprotección que conlleva este tipo de vida.

Lo relevante de esta película costumbrista reside en su propia narrativa, donde en ocasiones importan casi más los escenarios que los mismos detalles de los personajes que aparecen, por lo general, encuadrados fuera de plano. Sus escenas son estampas urbanas que se insinúan a la concienciación social que el espectador sea capaz de asumir.

Su protagonista, su niño y los personajes que la rodean en ese mundo tan particular irradian la más absoluta naturalidad en las actuaciones. Hasta el punto de que se funden y se mimetizan con el entorno en el que pasan desapercibidos dentro de una realidad que está ahí, a nuestro alrededor. Sirva de ejemplo la cristalera de una parada de autobús literalmente decorada con anuncios de contactos.

‘Alanis’ está llena de espejos y contra-espejos como manera de describir las múltiples caras de una misma historia. Sus encuadres singulares, la letanía sexual carente de cualquier tipo de pasión, y hasta una entrevista laboral como trabajadora de la carne, semejan ser un espejismo de una vida ordinaria que no lo es en absoluto.

Aunque de manera coloquial pueda entenderse como una gran vida de lujo y opulencia, ‘Alanis’ describe la maternidad de una prostituta poniendo las cosas en su sitio. Y paradójicamente éste dista mucho de ser un escaparate como el de una vida soñada, con un gran dormitorio, con el hijo amado entre el regazo, y sin preocupación alguna que pueda mermar la felicidad.

Lo mejor: el espectador convive realmente con la protagonista, con todas las consecuencias que esto supone, en una pura descripción aséptica, y sin juicios de valor.

Lo peor: las múltiples lecturas que cada cual con su conciencia pueda hacer.

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