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‘Loving Vincent’, narrar con cuadros

Francia, verano de 1891. El joven Armand recibe una carta de su padre, el cartero Joseph Roulin, para entregarla en mano en Paris al hermano de su amigo Vincent Van Gogh. Pero en París no hay rastro de Theo, del que cuentan que murió poco tiempo después de que su hermano Vincent se quitara la vida.

Hablar de cine de animación viene siendo cada vez más complicado con el uso de las nuevas tecnologías. Aunque parezca estar anclado a las secuencias de imágenes dibujadas o filmadas fotograma a fotograma, con los enormes avances de la animación digital y de la industria del videojuego, hasta la captura en movimiento e incluso los efectos especiales digitales podrían entenderse como recursos de animación con un grado de realismo tan sorprendente como sean capaces de integrarse en la película.

Pero si simplificamos y nos vamos a lo que todos tenemos en mente cuando hablamos de dibujos animados, los entendemos como una realidad pintada fotograma a fotograma para contar una historia. Para dotar de una mayor autenticidad se han venido utilizado técnicas de rotoscopía (consistentes en calcar imágenes reales dibujando sus movimientos) a lo largo de la historia de este género. Uno de los grandes referentes desde sus primeros trabajos ha sido Disney. Sirva este último de ejemplo para matizar que mezclar arte y animación siempre ha sido tarea extremadamente complicada y laboriosa, como fue el caso del cortometraje ‘Destino’ en colaboración con Dalí. Pudo ver la luz casi sesenta años después.

Ya centrados en ‘Loving Vincent’, cabe indicar que la dificultad principal reside en cómo justificar exponer cuadros pintados por el gran autor impresionista y dotarlos de vida, es decir, animación.

La cineasta polaca Dorota Kobiela junto con el productor y guionista británico Hugh Welchman, son los directores responsables de ‘Loving Vincent’. Un proyecto que inicialmente nació como cortometraje pero que dada su envergadura y laboriosidad acabó tras cuatro años de producción siendo este magnífico e indispensable film para amantes del propio arte y de la animación cinematográfica como tal.

Filmada sobre una base de actores reales, fue pintada al óleo en cada uno de sus fotogramas, siguiendo las pautas visuales de los cuadros originales del propio Van Gogh y otros muchos inspirados en su técnica pictórica. El resultado es impresionante. Es hablar a través de los cuadros.

La historia está basada en la propia correspondencia del autor, describiendo a grandes pinceladas sus orígenes y su carácter. Pero como si de una novela detectivesca se tratara, se trazan argumentos con tintes epistolares que van desvelando poco a poco la interesante y enigmática personalidad de Van Gogh. Mediante la técnica del flashback se indaga en el último año de vida para hilvanar un perfil extremadamente útil y ayudarnos a conocer suficientemente al autor y a su propia obra. Una narración tipo puzzle de una vida de tormentos, que parafraseando al propio Vincent nos permite “contemplar todo lo que no se entiende”.

Referente al equipo de actores poco se puede indicar ya que para este tipo de trabajo, su labor es principalmente figurativa.

Desde el punto de vista artístico, y sin pretender restar mérito alguno a semejante producción, existe un nivel de detalles contradictorios entre los cuadros y el estilo que impregnan a toda la película y los personajes. Es decir, hay dos tipos de animación muy diferentes, la de los actores filmada y dibujada, y la de la naturaleza impresionista o retratos pintados por el propio protagonista.

Para la primera se usan técnicas de filmación actuales con movimientos de cámara que no son muy apropiados para reflejar la quietud que nos transmite observar una obra de arte como es el caso de un cuadro. Además, los detalles de los actores y de sus interpretaciones permiten evocar más bien poco frente a lo que sentimos de la contemplación de diferentes estilos pictóricos.

En cambio, cuando los propios cuadros sobradamente conocidos adquieren vida y movimiento en la gran pantalla, estalla la magia.

Es una rara sincronización de estilos.

‘Loving Vicent’ es un valioso experimento que no termina de alcanzar el objetivo de situarlo a la altura de sus referentes pictóricos, pero sí es una rara joya imprescindible para todos los amantes del género y de la obra de Van Gogh.

Lo mejor: la conexión de la vida del autor con su legado.

Lo peor: a pesar de ser una valiosa y valiente propuesta, no termina de rendir como hubiera sido de esperar.

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