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‘Lazzaro feliz’, santa fábula

Lazzaro, un joven campesino de excepcional bondad, vive en La Inviolata, una aldea que ha permanecido alejada del mundo y es controlada por la Marquesa Alfonsina de Luna. Allí, la vida de los campesinos no ha cambiado nunca, son explotados y, a su vez, abusan de la bondad de Lazzaro. Un verano, se hace amigo de Tancredi, el hijo de la Marquesa. Entre ellos surge una amistad tan preciosa que hará viajar a Lazzaro a través del tiempo y lo llevará a conocer el mundo moderno.

En la Italia campestre de los años 80, cuando ya se habían abolido los contratos de aparcería, consistentes en que los aldeanos solo trabajaban a cambio de compartir los recursos que daban las tierras para su mera subsistencia, una Marquesa continuó con dicha práctica esclavista durante varios años. Apoyándose en la ignorancia e incomunicación de los campesinos, había formado un grupúsculo de miserables que malvivían sin conciencia en el limbo de la sociedad.

Desgranando esta misma historia, la directora y guionista italiana Alice Rohrwacher (‘Corpo celeste’, El país de las maravillas’), aprovecha dos elementos de sobra conocidos en sus anteriores trabajos para esculpir esta preciosidad llamada ‘Lazzaro feliz’. El entorno rural y la religión. La catarsis de ambos produce una magnífica y retorcida vuelta de tuerca al sacar dichos elementos de su estado natural, y pasarlos por el tamiz de la civilización anónima de la gran ciudad.

Lazzaro es un santo contemporáneo. Un chico de sublime bondad y de mirada infinita. Vive en una aldea perdida en el tiempo y en el espacio cuidando las ovejas, tocando la gaita en las fiestas y cosechando atenciones para todos los miembros de La Inviolata.

Curioso nombre para una aldea con unas cuantas vacas, gallinas, gansos, y que se dedica principalmente al cultivo del tabaco. Donde la cosechadora ha de ser bendecida por el cura y sus miembros son pertenencia de la Marquesa y de su hijo, a los que hay que rendir cuentas de los enseres que la conforman. Aposentos con colchones de hojarasca, estampitas de mártires escondidas por los rincones para proteger a la Marquesa, mientras los aldeanos comparten hacinados de veinte en veinte los cubículos como animales. Situado en un lugar abrupto e inaccesible, donde radica una tranquilidad inviolable, y en el que el vino y el pan saben como han de saber.

Lazzaro está personificado a la perfección por el joven Adriano Tardiolo, quien nunca había actuado con anterioridad. Infunde bondad, atención hacia los demás y ausencia de maldad. Lazzaro es nadie en medio de esa comuna, en la que no sabe quiénes son sus padres, sí su abuela. Y rebosa el aroma de un ser infinitamente bueno, pero repleto de bendita ignorancia.

Alice Rohrwacher vuelve a contar con actrices como su hermana Alba Rohrwacher y Agnese Graziani interpretando el papel de Antonia, con tan buen criterio y sincronización que se podría entender que el paso del tiempo es producto de un buen maquillaje. Además incorpora a nuestro internacional Sergi López haciendo las delicias de un pícaro del siglo XXI.

Hélène Louvart es la directora de fotografía, que ha rodado en súper 16 milímetros con una película de gran sensibilidad y grano grueso para aprovechar al máximo la iluminación natural tanto de día como de noche, y ofrecer un aspecto más de los años 80.

‘Lazzaro feliz’ es un cuento de miserables que orbitan sobre un auténtico santo contemporáneo, en el que según la filosofía de la Marquesa los seres humanos son como los animales”, si los liberas caen en otra miseria pero no son conscientes de la actual. Abnegamos de nuestra propia voluntad para abrazar la seguridad de la esclavitud, pudiendo llegar a despreciar la verdadera bondad de la libertad.

Del “gran engaño” con el que se destapó el suceso verídico, al gran autoengaño y parodias de la vida en sí aderezadas con gotas de humor cínico y social, contrastando y equiparando a la vez dos mundos tan distantes como el entorno rural y el urbano. Llenando los huecos de la vida con estampitas y sin saber apreciar a un verdadero santo de carne y hueso.

Lo mejor: la naturalidad que se muestra en toda la película del ambiente rural, del urbano, de los personajes principales y de todos los aldeanos.

Lo peor: que no se sepa valorar la verdadera bondad, la libertad o incluso lleguemos a disfrazarlas con piel de lobo para justificar cierto resquemor.

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