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‘El crack cero’, arcaísmo cinematográfico

Seis meses después del suicidio del afamado sastre Narciso Benavides, una misteriosa y atractiva mujer casada visita a Germán Areta, prestigioso ex policía de la Brigada Criminal y ahora detective privado, para que inicie una investigación exhaustiva sobre el “Caso Benavides”. La mujer está convencida de que el sastre, que además era su amante, fue asesinado. Aunque su instinto le dice a Areta que la gente sólo mata por amor o por dinero, irá descubriendo que hay más motivos, y más de un sospechoso, para quitar de en medio al sastre.

No se puede ignorar todo cuanto José Luis Garci ha hecho por el cine y en concreto por el cine español. Es un valor referente de nuestra historia, en especial en el último cuarto del siglo pasado, construyendo y logrando con su peculiar estilo narrativo geniales interpretaciones de muy grandes actores y actrices de todos los tiempos en este país. Director y presentador de programas divulgativos en radio y televisión, autor literario, melómano y apasionado de unas cuantas disciplinas deportivas, ha logrado engarzar como nadie todos sus mundos en la gran pantalla. ‘Asignatura pendiente’, ‘Solos en la madrugada’, ‘Volver a empezar’, ‘Sesión continua’, ‘Canción de cuna’, ‘El abuelo’…, el primer Oscar y sus tres siguientes nominaciones, y, cómo no, las dos entregas de ‘El crack’.

‘El crack cero’ es una deuda pendiente. Alfredo Landa salía de su periodo de esplendor en la hierba y plenitud en la época “landista” e iniciados los ochenta comenzó a interpretar papeles serios, para desconcierto de muchos de sus seguidores. El detective Germán Areta de Garci -a su manera una especie de Bogart español-, fue un punto de inflexión en la carrera del popular actor, y la consolidación llegó con ‘Los santos inocentes’. 

Hoy el investigador de las dos entregas iniciales está trabajado con mucho celo por Carlos Santos, quien presenta los orígenes del expolicía en su despacho madrileño junto al “Moro” de Miguel Ángel Muñoz, dando réplica al Miguel Rellán de ambas entregas. Ambos funcionan, desprenden magnífica química y homenajean en un blanco y negro inmaculado esos clásicos del cine que su director siempre admiró, con las habituales referencias continuas en toda su filmografía. 

José Luis Garci y Javier Muñoz cuentan un argumento que navega en la nostalgia madrileña de mediados de los 70 y, claro está, hoy en día es mucho más complicado de transcribir en imágenes que en las fechas en las que se realizaron las dos entregas de Landa y Rellán. A las puertas del fin de una dictadura bastante más relajada se describen los principales personajes a golpe de partidas de mus y debates sobre el mundo del boxeo, inmersos en una humareda producida por las bocanadas de los pitillos de marca “Willson”. Es curioso que además de compartir la insalubre afición del director todavía conserven intacto el olfato detectivesco tanto hacia los asesinatos como por los perfumes.

Garci despliega flashbacks, ofrece diferentes texturas al blanco y negro digital, y cuida del detalle de manera muy precisa. Sabe impregnar cierto halo de misterio y suspense como los clásicos de los que ha bebido, y devuelve a la interpretación su matiz más teatral con diálogos muy trabajados. Trae de vuelta a la mujer fatal y un tanto “vamp”, como si de la misma Bacall se tratara. Pero al igual que alega el protagonista sobre que “cuando le preguntas a alguien por un muerto, lo importante es lo que no te diga”, José Luis Garci tiene una manera más verbal de contar la narración que con imágenes, un estilo a la antigua usanza y por ende arcaico con respecto a los que el público acostumbra en la actualidad.

‘El crack cero’ es una vuelta al cine del Garci que nunca se fue. Utiliza todos los ingredientes descritos y unos cuantos más para cerrar una trilogía que confiesa una inmensa admiración por el cine negro, el de antaño. 

Lo mejor: el homenaje interpretativo de la pareja protagonista tanto hacia sus dos predecesoras como a una manera ya casi olvidada de hacer cine.

Lo peor: el abuso de ciertos recursos técnicos -como los clásicos fundidos en negro entre escenas, planos demasiado estáticos-, que distraen de un argumento sumiso a una época ya un tanto pretérita en la memoria del espectador.

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