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‘Star Wars. El ascenso de Skywalker’: emoción y control de daños

Póster de Star Wars. El ascenso de Skywalker

Un año después de los eventos de «Los últimos Jedi», los restos de la Resistencia se enfrentarán una vez más a la Primera Orden, involucrando conflictos del pasado y del presente. Mientras tanto, el antiguo conflicto entre los Jedi y los Sith llegará a su clímax, lo que llevará a la saga de los Skywalker a un final definitivo. Final de la trilogía iniciada con «El despertar de la Fuerza».

Emoción. Tan difícil de provocar entre una audiencia cada vez más descreída. 

Cuando Disney compró la franquicia de Star Wars, estaba claro que el universo creado por George Lucas alumbraría nuevas aventuras, pues una inversión milmillonaria necesitaba rentabilizarse. 

Tras la cómoda pero absolutamente efectiva ‘El despertar de la Fuerza’, donde J.J. Abrams consiguió el favor de crítica y público, Rian Johnson provocó el mayor cisma hasta ahora conocido (ni siquiera con las precuelas) entre los fans, que vieron cómo el cineasta desmontaba décadas de historia warsie con ‘Los últimos Jedi’, una película ocasionalmente brillante, visualmente impecable, sin duda arriesgada pero siempre, siempre, controvertida. 

Tras la debacle provocada entre la polarizada audiencia, la sensible bajada en la recaudación y, después, el ¿injusto? batacazo de ‘Han Solo: una historia de Star Wars’, en la Casa del Ratón saltaron las alarmas de cara al estreno (y cierre de la nueva trilogía) del episodio IX. 

Abrams volvió a ponerse a los mandos para concluir la historia de Rey, Poe, Finn y el clan Skywalker, obligado a enfriar la caliente patata galáctica.

Para cualquiera que haya crecido con la saga, ya sea durante la época clásica, la de las precuelas o la presente, Star Wars siempre ha significado aventura, emoción, camaradería, amistad, humor, heroísmo, la eterna lucha del bien contra el mal, un sinfín de mundos por descubrir, efectos vanguardistas y la imprescindible e icónica música del maestro John Williams.

Todo eso está presente en ‘Star Wars: el ascenso de Skywalker’. 

No estamos ante una gran película, pero sí una que consigue acomodar la complicada cinta de Johnson sin obviarla, y a la vez retomar el rumbo que Abrams trazó en ‘El despertar de la Fuerza’, llevando el viaje de los Skywalker hacia un final épico y emotivo.

Hay muchas cosas que chirrían en el Episodio IX, probablemente motivadas por el calendario, las secuelas del episodio VIII y las manos de Disney y sus ejecutivos que (lógicamente) necesitaban desesperadamente que su juguete volviera a sus mejores (y taquilleros) días. 

El guion está lleno de agujeros y giros imposibles; el montaje es un caos; los nuevos secundarios son Mcguffins parlantes y otros que llegaron en el episodio VIII, como la prometedora Rose Tico, son reducidos a la mínima expresión; en el trío protagonista, Poe tira de carisma y poco más, pero Finn va por la Galaxia como pollo sin cabeza; por último el siempre fascinante e icónico villano, se percibe metido con calzador, aparentemente ajeno a todo lo ocurrido en los dos episodios previos. 

Por otro lado, hemos de felicitarnos porque Abrams se hace grande en los territorios donde Star Wars siempre ha brillado, demostrando el profundo amor y devoción hacia la saga de Lucas, y el significado de ésta dentro de la cultura popular. 

Así, el cierre está repleto de fan service, cameos, aventuras, apabullante factura visual, un final que emociona hasta a un esquimal congelado, la excelente banda sonora de John Williams en su última contribución a la saga y el desarrollo, despedida y cierre de los dos personajes más interesantes de la nueva hornada: Rey y, sobre todo, Kylo Ren, que aquí sí aprovecha el tremendo potencial del personaje y el talento de Adam Driver.

Si ‘Los últimos Jedi’ no hubiera existido (no soy fan de la película de Johnson por varias razones que ya expuse en la crítica, pero sin duda tuvo un arrojo y valentía insólitos dentro de una Major), ‘El ascenso de Skywalker’ sería un final muy diferente. 

Quizás menos caótico; menos empeñado en el control de daños, en avanzar sin molestar a nadie, dejando siempre claro en cada imagen que ‘chicas y chicos, no os vayáis, que esto sigue siendo Star Wars’.    

Lo que ha hecho J.J. Abrams en el contexto en que se movía, probablemente se lo reconocerán como merece dentro de un tiempo.  Cuando hayamos madurado las tres entregas, al igual que el tiempo terminó dictando y matizando las precuelas.

El final de algo tan grande como la Odisea de los Skywalker jamás contentará a todos, en ninguna Galaxia lejana o cercana, para otro debate queda si en Disney han sido unos cobardes por no echar el resto y culminar el trabajo de Johnson.

Que los treinta minutos finales nos dejen un emocionante nudo en el estómago y un vacío en el corazón, ya vale el precio de la entrada.    

Lo mejor: el acto final, el fan service, los cameos, las excelencias de la producción y el trabajazo desde el talento y el corazón del eterno John Williams. 

Lo peor: las circunstancias llevan a Abrams a intentar contentar a todos, dejando demasiadas víctimas en el camino.

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