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‘Mi gran pequeña granja’, hermoso bodegón de la naturaleza

Cuenta la increíble historia de John y Molly Chester, que abandonaron la ciudad para realizar el sueño de toda una vida: construir una enorme granja para cosechar en armonía con la naturaleza. Con una fotografía impresionante, animales cautivadores y un mensaje universal, esta historia nos brinda un plan para una vida mejor y un planeta más saludable.

El género documental va ganando poco a poco más adeptos y se va abriendo hueco en la distribución comercial a grandes pasos. Da la sensación de que el gran público parece cada vez más interesado por completar sus conocimientos cinematográficos con historias reales distantes de cualquier ficción que puedan ayudar a lograr un mejor entendimiento de esas cosas que suceden también en el mundo. Y solo hay una explicación para que excelentes producciones como ‘Apollo 11’ y esta ‘Mi gran pequeña granja’ no aparezcan como nominadas a la correspondiente categoría en la presente edición de los premios Oscar. La gran competencia en cuanto a calidad, no solo en lo referente a este apartado, sino en lo que afecta a todas las secciones.

John Chester es un documentalista y reconocido director, guionista y fotógrafo que narra junto a su esposa Molly los motivos por los que llevaron a cabo un cambio radical en su propio estilo de vida. Tras la adopción del perro Todd, éste fue el desencadenante de que la antigua quimera de su pareja cobrase vida bajo la promesa de formar un nuevo y último hogar.

En 2010, y bajo la asociación de familiares y conocidos a modo de recaudación de fondos, micromecenazgo y crowdfunding, ambos adquirieron 200 hectáreas de tierra abandonada, yerma y desértica para montar Apricot Lane en California, con tenaz aprendizaje, mucho esfuerzo, gran perseverancia, e admirable ilusión. 

‘Mi gran pequeña granja’ describe ocho años de incansable ánimo para recolectar un escenario con diferentes cultivos y más de 10.000 frutales, animales de casi todas la especies en un ecosistema de subsistencia y en perfecta sintonía con la naturaleza.

Es el perfecto manual del granjero del siglo XXI. Un instructivo diario de progresos y caídas. Primero resucitando la tierra muerta gracias a la repoblación vegetal y al inestimable asesoramiento con cultivos sostenibles, pues “sin plantas no hay fertilidad”. Se proponen hacer un entorno atractivo y útil para que los animales encuentren su lugar. Y por último reclutar granjeros para compartir e instruir en esta ardua tarea que no deja un respiro de descanso.

El valor de este producto radica en la belleza de sus imágenes, en poder apreciar la evolución de los paisajes, en participar de los logros, las bonanzas y la prosperidad. 

Pero también enseña a convivir con las adversidades y los elementos contrarios. No se pueden dominar, sino aprender a manejarlos para que cumplan su función.

El resultado es una impresionante reflexión sobre la deforestación aportando soluciones que se basan en experiencias reales después de esos ocho años de arduo trabajo no solo en la granja, sino grabando material para desarrollar esta increíble y hermosa aventura.

‘Mi gran pequeña granja’ no pretende ser un experimento más, sino transmitir soluciones que van más allá de unos cuantos cultivos para trascender a un entendimiento global. Posee un gran valor educativo en todas las instancias (incluso completando la narración con sus esmerados dibujos animados), y debería ser una obra a tener muy presente en cualquier disciplina afín. Plantear problemas y aportar soluciones. Saber distanciarse y estudiar cualquier posible beneficio, describiendo un hermoso bodegón de la naturaleza. La danza de la coexistencia que ejemplifica la complejidad de la vida. Vida y muerte que interactúan para crear nueva vida. Y su propuesta más acertada: “el ecosistema de todo el planeta funciona de la misma manera”.

Lo mejor: la aleccionadora manera de presentar en sí misma la evolución de los acontecimientos a la hora de afrontar las contrariedades, y el conjunto de logros obtenidos tanto con la granja como por su proceso documental.

Lo peor: que propuestas de este calibre no tengan el calado social pertinente en una civilización que está llevando al límite a la propia naturaleza y a sus recursos supeditados por políticas económicas egoístas.

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