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‘El padre’, la vida rayada

Un hombre de 80 años mordaz, algo travieso y que tercamente ha decidido vivir solo, rechaza todos y cada uno de los cuidadores que su hija Anne intenta contratar para que le ayuden en casa. Anne está desesperada porque ya no puede visitarle a diario y siente que la mente de su padre empieza a fallar.

Hay enfermedades degenerativas que, por mucho que haya avanzado la tecnología médica, la ciencia no puede erradicar. Aunque la calidad de vida influya en la longevidad del ser humano, las mismas células, tejidos y todos los componentes de los que estamos hechos, tienen fecha de caducidad. De momento, existe la ciencia ficción, la fantasía y los mitos sobre la inmortalidad estilo criogenización para apaciguar las inquietudes hacia la muerte. Pero de momento, cuando una vela llega hacia su final, la llama se consume, se tambalea y finalmente se apaga. Sin necesidad de abordar cuanto pueda haber más allá, lo cierto es que la fase de dependencia de dicho declive viene a recordar, por sus características, a la del recién nacido pero a la inversa. Por un lado aprender y por el otro, como desaprender todo lo vivido.

El dramaturgo francés Florian Zeller salta del escenario de las tablas a la gran pantalla en su primera incursión cinematográfica, adaptando, produciendo y dirigiendo precisamente su exitosa y propia obra teatral. Es la primera entrega de una trilogía de emociones familiares junto a ‘The Mother’ y ‘The Son’ (no se sabe si estas dos verán algún día la luz en cine). Tratándose de su mismo trabajo, es lógico que domine la escena y la adecuación del argumento. Y así lo hace. Pero además le aporta el valor añadido de incluir las dos soberbias interpretaciones de los protagonistas elegidos.

Anthony Hopkins y Olivia Colman se bastan para colmar la pantalla de lagunas mentales que se van aceptando, rellenando y admitiendo para que la lógica incongruente nos permita avanzar en la vida.

A su edad el padre es inteligente, disfruta de la música, de su hogar y de sus rutinas acostumbradas, con cierto aire de suspicacia frente a cuidados ajenos. Es amable, educado y cordial hasta que le salta la vena incisiva, convirtiéndose en un anciano caprichoso y olvidadizo. Hopkins (‘Lo que queda del día’, ‘El silencio de los corderos’), trata al personaje como un encantador embustero que se cree la película que se monta. Sencillamente por supervivencia. La realidad y la fantasía se entremezclan en una misma capa que le permite adaptarse a la continuidad del ocaso de los días. La vida rayada mientras queda un ápice de consciencia. Perfecta interpretación la de este gran actor, regalando miradas lejanas y perdidas dentro de su frágil memoria.

Su hija, Olivia Colman, tiene que lidiar con los seniles devaneos del padre. Su vida está anclada a él y a las “cosas raras” que le pasan para asimilar su propia mentira. La paciencia y el cariño son las principales virtudes frente a la amenaza de una residencia.

De igual modo que cuando despiertas de un sueño y no sabes dónde estás, ‘El padre’ refleja la triste experiencia de la edad avanzada, de la demencia y ese deterioro progresivo de la persona perdiendo todas las hojas en el otoño del árbol de la vida.

Florian Zeller sabe jugar con la enfermedad y con el espectador por su manera de contar el argumento. Traslada la teatralidad a la pantalla con esta convivencia complicada. No solo con los seres queridos sino consigo mismo, plagada de cambios de temperamento, distorsiones y autoengaños que hacen más llevadero la conciencia de la vida. Una magnífica oportunidad para apreciar, ojalá que desde la distancia, y sobre todo respetar a quienes llegada esa edad y circunstancias permanecen anclados en una amnesia perpetua que nos impide avanzar, tanto como padres e hijos.

Lo mejor: las geniales actuaciones de sus dos protagonistas, él apabullante pero ella no se queda a la zaga, ni mucho menos, con texturas de premios de reconocimiento y algún posible Oscar. Y algunas nuevas piezas de la banda sonora de Ludovico Einaudi.

Lo peor: que la realidad suele ser bastante más dura. Y que “la gente en París ni siquiera habla inglés”.

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