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‘Raya y el último dragón’, la nueva princesa de Corazón

En el mundo de fantasía de Kumandra, los humanos y dragones vivieron juntos hace mucho tiempo en perfecta armonía. Pero cuando unas fuerzas del mal amenazaron el territorio, los dragones se sacrificaron para salvar a la humanidad. Ahora, 500 años después, esas mismas fuerzas malignas han regresado y Raya, una guerrera solitaria, tendrá que encontrar al último y legendario dragón para reconstruir un mundo destruido y volver a unir a su pueblo. 

En unos tiempos en los que se vuelve a demostrar que la unión hace la fuerza, y no precisamente para combatir, siguen apareciendo voces discordantes que lo aprecian como una pérdida de identidad cultural. Cuando la globalización está por encima de los intereses comunes de los territorios, sus individuos pueden desarrollar tremendas diferencias en las que el beneficio de unos redunda en los problemas del resto.

Por el contrario, si todos los miembros que han unido sus fuerzas a los deseos de progresar conjuntamente, reman en una misma dirección, no por ello enajenan en modo alguno la personalidad de cada uno de sus pueblos. Más que buscar las diferencias (que siempre las hay y es algo inevitable), habría que focalizar y potenciar los deseos comunes del colectivo. Y esta parece ser la clave de cualquier progreso.

Es el principal mensaje de la última producción de animación que presenta la casa del ratón Mickey, que no el único. Va precedida de un maravilloso corto musical en el que una pareja baila como si no hubiera mañana rememorando tiempos ideales y mejores. Zach Parrish, curtido animador en la última etapa de Disney, presenta ‘Nosotros de nuevo’, con la clara intención de posicionarse en los primeros puestos a optar por los más preciados galardones de la industria. Es una magnífica pieza con gran poderío visual y una impresionante coreografía. Tal vez un precioso obsequio de la compañía por la larga ausencia en las salas de los sueños.

Tras el baile, y sin necesidad de administrar canción pegadiza alguna (la de los créditos no cuenta), tipo “Let it go”, en la estupenda banda sonora de James Newton Howard, comienza la épica. 

‘Raya y el último dragón’ es la última superproducción del estudio en animación por ordenador. Don Hall tuvo el privilegio de instruirse en la última etapa de los dibujos animados (‘Tarzán’, ‘El emperador y sus locuras’, ‘Hermano oso’), y crecer en el nuevo y presente periodo de la animación digital (‘Big Hero 6’, ‘Vaiana’). En la dirección le acompaña Carlos López Estrada (‘Summertime’, ‘Punto ciego’), proveniente del fabuloso mundo de la creación de vídeos musicales, y algún que otro episodio televisivo. Paul Briggs y John Ripa ejercen como co-directores (y supervisores del guion junto a los primeros), de la historia de Qui Nguyen y Adele Lim.

La animación es impresionante. Da la sensación de estar disfrutando de personajes reales, que manifiestan emociones y sentimientos en cada poro de su piel o mejor dicho en cada pixel de su definición. Sus diálogos se pueden seguir a la perfección en los labios de los protagonistas, en versión original, claro está. Adoptando guiños, muecas y personalidad de quienes aportan el espíritu interpretativo, como el caso de la divertida Awkwafina o de Kelly Marie Tran, Izaac Wang, Gemma Chan, Daniel Dae Kimentre, Benedict Wong, Sandra Oh, entre otros muchos.

La nueva princesa de Corazón (nunca mejor dicho), protege una de esas cinco partes en discordia que conforman la legendaria Kumandra. Es cautivadora, inteligente, apasionada y aventurera. Y sobre todo funciona a las mil maravillas dentro de los patrones clásicos del estudio.

‘Raya y el último dragón’ devuelve la ilusión en todos los aspectos y para todos los públicos. Esa ilusión que, precisamente, tanto necesitamos. Supera el odio, la desfragmentación y la desidia, para ensalzar la verdadera amistad y la confianza. Valores que ahora pueden parecernos tan remotos como casi utópicos, pero que sin ellos gran parte del sentido de la vida en sí carece de interés. Una bellísima historia que intenta devolver las cosas a su sitio. Gracias Disney.

Lo mejor: el argumento, todos los personajes, sus múltiples mensajes, la espléndida animación… Hasta nos olvidamos de que es una historia de princesas y toda su mercadotecnia.

Lo peor: que haya que irse a tiempos fantásticos para poder evadirnos, y que Oriente sea un mercado tan apetecible como para crear este bello cuento.

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