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‘Planta permanente’: de amistad, rencor y pérdida

Póster de la película 'Planta permanente'

Lila y Marcela trabajan desde siempre como personal de limpieza en un edificio estatal. Conocen sus secretos como nadie y se han inventado una forma de subsistencia –y un sueño– gestionando un comedor absolutamente irregular en un rincón abandonado del edificio. Pero los tiempos cambian: llega una nueva directora –con sus discursos cínicos, plagados de lugares comunes– y con ella las promesas vacías, el cierre del comedor y una ola de despidos que destruyen el precario equilibrio, transformando las tareas cotidianas en una lucha por la supervivencia.

Burocracia y Política. 

Dos palabras que, para cualquiera que viva y respire en Occidente, asustan. 

Cuando hablamos de burocracia, hablamos de lentitud, de falta de visión a largo y corto plazo, de inhumana carencia de atención a las personas y, sobre todo, de intereses. 

Intereses que, curiosamente, casi siempre caen del lado del poderoso, y raramente del lado de la razón, el esfuerzo, la mejor propuesta y la intención de salir adelante. 

‘Planta permanente’ es un golpe de realidad.  

La película del argentino Ezequiel Radusky comienza con una historia cotidiana en un lugar cotidiano, con dos amigas (excelentes Liliana Juárez y Rosario Bléfari) y compañeras de trabajo de toda la vida que medran a diario por subsistir, limpiando el edificio de un ente público.

La llegada de una nueva administradora (política,sálvese quien pueda), y la verborrea típica que ya es marca de la casa y se cortapega en todos los países, se convierte muy pronto en una guadaña que hace, como siempre, lo fácil difícil, envolviendolo en papeleo, regulaciones a la carta y, cómo no, la mano negra de los intereses.

Ante esta situación, Radusky no se amilana, mostrando a las claras los acontecimientos en un libreto que fija el curso de acción más realista posible. 

El que hace que seres humanos normales,en situaciones muy complicadas, tomen decisiones tan aparentemente necesarias como claramente cuestionables movidos por el rencor, el miedo y el anhelo de un presente mejor para, al final, darse de bruces con la bota del que manda, y no duda en aplastar a las hormigas que, a diario, salimos de nuestro escondrijo para ganarnos la vida. 

‘Planta permanente’ es un drama ácido y cercano, de humor que se va oscureciendo conforme avanzan los contundentes ochenta minutos, donde pululan todos y cada uno de los personajes que uno espera encontrar cuando se trata del Estado (da igual el argentino que el español, francés o griego; el enchufismo, la burocracia, la traición y los trepas existen en todos los lados de nuestra ‘avanzada y justa’ Sociedad), retratados sin cortapisas y absolutamente apegados a la realidad.

No es una película cómoda pero, sin duda, sí necesaria , recomendable y significativa dentro del Séptimo Arte como espejo, también, de la realidad cotidiana que a veces disfrutamos, y tan a menudo, padecemos. 

Lo mejor: es muy realista.

Lo peor: es muy realista. 

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