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‘Top Gun. Maverick’: aquellos maravillosos años

Póster de Top Gun Maverick

Después de más de treinta años de servicio como uno de los mejores aviadores de la Armada, Pete «Maverick» Mitchell (Tom Cruise) se encuentra dónde siempre quiso estar, sobrepasando los límites como un valiente piloto de prueba y esquivando el avance en su rango que lo emplazaría en tierra. Durante el entrenamiento a un destacamento de graduados de Top Gun para una misión especializada, Maverick se tropieza con el Teniente Bradley Bradshaw (Miles Teller), distintivo: «Rooster», el hijo del difunto amigo de Maverick, y el Oficial de Intercepción de Radar, el Teniente Nick Bradshaw, conocido como «Goose».

La nostalgia está de moda. En todos los ámbitos, con especial relevancia en el Séptimo Arte. Pero no todos saben explotarla, ni hacernos llegar lo mejor de una época (los años 80 y 90), donde todo parecía más sencillo y, aunque para nada estábamos en un mundo perfecto, experimentamos una notable esperanza y alegría. 

Algo cada vez más difícil en este siglo XXI descreído, impersonal, efímero y con grandes nubarrones en el horizonte.

‘Top Gun: Maverick’ mira aquellos maravillosos años con honestidad y valentía, sin pararse a pensar demasiado en qué dirán. 

La película es una colección de postales, puestas de sol y amaneceres, paseos en moto (sin casco, por supuesto), cuerpos sudorosos, chulería, amistad a pie de playa y barra de bar, romance de galletita de la fortuna y banderas de Estados Unidos en los porches. 

Toda una continuación y homenaje al original, dirigido por el malogrado, y fantástico, Tony Scott.   

No hay concesiones en lo que a clichés se refiere, ya que aparecen todos los de su predecesora con pequeñas actualizaciones para el público actual (añadiendo, además, un plan para derrotar a un enemigo indeterminado que bien podría haber salido de y en Star Wars), armando un drama básico donde es fácil saber qué es lo que va a pasar en el viaje de Maverick hacia algún sitio, tras surcar los cielos huyendo toda la vida.

Pero el olfato de Tom Cruise (probablemente la única ESTRELLA que hay en el Hollywood actual, incombustible y siempre dispuesto a ensanchar los límites del espectáculo, haciendo creíble lo increíble) y su demoledor empuje, consiguen que esta tardía secuela funcione a la perfección como un Blockbuster de los que nos erizaban los pelos cuando el logo de Jerry Bruckheimer y Don Simpson irrumpía en la pantalla.

La (sin duda, diferencial) acción aérea es, con mucho, la mejor que se ha filmado jamás para una película.

Un fluir continuo de adrenalina, engalanado por la excelente fotografía, el diseño de sonido, la banda sonora y unos efectos visuales que se funden con los prácticos como un guante. 

Todo lo relacionado con la misión, por improbable que parezca, se siente real, alejado de otras estéticas a lo G.I. Joe que tanto abundan en cintas de género.  

Una experiencia alucinante digna de la gran pantalla, donde el Cine se reivindica como ese lugar mágico al que  podemos escapar para vivir miles de experiencias de todo tipo y, con suerte, salir de la proyección con los ojos como platos, ganas de debatir escenas con los amigos, y alegría en el corazón. 

Quien no entienda que ‘Top Gun: Maverick’ es un regalo para la Industria, y que eso no está para nada reñido con que otras muchas películas de menor proyección también lo sean, no ama el Cine, ni disfruta, con sinceridad, de la comunión que se crea cuando se apagan las luces y el espectáculo arranca. 

Lo mejor: un Blockbuster redondo, de los de antes. 

Lo peor: como en tantas otras ocasiones, arriesgarse a juzgarla sin entender su objetivo y motivaciones.

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