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‘Kingsman. El círculo de oro’: más, no mejor

Póster definitivo de 'Kingsman: el círculo de oro'

Cuando el cuartel general de la agencia secreta es destruido, se descubre una organización de espionaje aliada en EE.UU. llamada Statesman, cuyo origen se remonta a la fecha en que ambas fueron fundadas. En una nueva aventura que pone a prueba la fuerza y el ingenio de sus agentes, ambas organizaciones secretas de élite aúnan sus esfuerzos para intentar derrotar a su enemigo común y salvar al mundo… algo que está convirtiéndose en una especie de hábito para Eggsy.

El primer ‘Kingsman’, supuso todo un revulsivo en el género. La sastrería más violenta y estilosa del Séptimo Arte actualizó la saga de James Bond, con agradecidas dosis paródicas, crítica social y desenfreno.

La segunda entrega cumple de punta a cabo con cada regla no escrita de toda secuela: más grande, más cara, más ruidosa. Más, más, más y más.

Pero, como también suele ocurrir, más no es mejor y ‘Kingsman: el círculo de oro’, se abandona al exceso, de nuevo con enorme (aunque repetitivo) acierto visual, empuje y, sin duda, diversión garantizada, pero obviando el desarrollo de personajes, convirtiendo cada escena en la hipertrofiada hipérbole de la hipérbole.

Si los Kingsman resultan contundentes e implacables, pero conservando su omnipresente flema británica que siempre mira por encima del hombro, sus homólogos americanos, los Statesman, son todo barras,  estrellas, y potencia bruta.

Grandes son las inclusiones en la saga de Pedro Pascal, el crepuscular Jeff (en modo Lloyd) Bridges, Halle Berry y Channing Tatum, regalando momentazos a golpe de arrogancia norteamericana que choca con la superioridad autoconvencida de los Kingsman y su decadente Imperio.

En las filas británicas, Mark Strong roba la cartera a todo el mundo, pues el retorno de Colin Firth ya se lo cargaron las promociones de la película, y el Eggsy de Taron Egerton se refina, pero no evoluciona en lo más mínimo.

Por muy divertida que sea, y rápido que pase, todo lo vemos venir.

Desde la villana (Julianne Moore, siempre estupenda) que une todos los clichés del malo Bondiano, hasta las emes con las as del libreto que avanza durante el abultado metraje, la cinta pierde el factor sorpresa y la frescura que diferenció a la primera, en favor de rizar el rizo y volverlo a rizar, cuando ya no se puede (ni se debe) rizar más, para no convertir la autoparodia en ridículo.

Con el tremendo score de Henry Jackman y Matthew Margeson como acompañamiento, todo es tan increíble que estos humanos bien podrían ser una suerte de Vengadores de Fox, dejando con cada escena la batalla espacial de ‘Moonraker’, o el tsunami surf de Pierce Brosnan (sin duda, dos de los momentos más hilarantes en las aventuras de 007), en un club de lectura y ‘pásame el té, Margaret’.

Se disfruta a la misma velocidad frenética (un desbocado tren de mercancías cargado de dinamita y sin frenos), como se olvida en cuanto abandonamos la sala, incapaces de recordar casi nada de lo que ha pasado entre flipe y flipe.

¿Se puede ir bien vestido, ser guapo y divertir a todo el mundo, pese a la mediocridad? Sin duda.

El círculo de oro lo demuestra sin paliativos.

Lo mejor: Mark Strong y los Statesman.

Lo peor: decir que se pasa de frenada es quedarse muy corto.

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