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‘Los Croods: Una nueva era’, más salvajes que nunca

Los Croods han sobrevivido a todo tipo de peligros y desastres, desde bestias prehistóricas de inmensos colmillos hasta el mismísimo fin del mundo, pero ahora deberán afrontar su mayor desafío hasta la fecha: conocer a otra familia. Obligados a partir en busca de un nuevo lugar donde vivir, la primera familia prehistórica se aventura a explorar el mundo con el objetivo de localizar un lugar más seguro al que llamar hogar. Pero cuando encuentran un idílico paraíso amurallado que cumple con todas sus necesidades y que creen que ha resuelto todos sus problemas, se encuentran con que ese lugar esconde una sorpresa: hay otra familia que ya vive allí, los Masmejor.

A estas alturas del año, cuando ya está echada toda la carne al asador, inmersos en una temporada completamente atípica y para olvidar, encontramos muy gratas sorpresas. La necesidad de evadirnos mientras dura la proyección hace que se revalorice la calidad de las producciones destinadas a hacer taquilla. Pero en algún caso, como el presente que aquí nos llama, además destaca por el grato lujo de ser una excelente película dirigida a todos los públicos, realizada con una magnífica calidad, y no solo que no decepciona sino que también sobrepasa muy generosamente cualquier expectativa que pudiéramos tener.

Al igual que sucedió con la franquicia cinematográfica de la trilogía ‘Cómo entrenar a tu dragón’, una de las familias más antiguas de la prehistoria ficticia -como son los Croods (lo siento, pero las primeras son los Mármol y los Picapiedra)-, está llamada a ser uno de los grandes éxitos en todos los aspectos del sello del niño pescando sobre la luna creciente. Dreamworks Animation ha aprovechado de manera sabia el gran hueco ofrecido en bandeja por la desertada Disney para estas fechas. Esta es la continuación de una propuesta surgida originalmente de la mano de Chris Sanders (formado en la casa del famoso ratón y responsable directo o indirecto de ‘Lilo & Stitch’, ‘La bella y la bestia’, ‘El rey león’ o ‘Mulán’, hasta que optó por el cambio de estudio con las aventuras de Desdentao e Hipo).

‘Los Croods: Una nueva era’ es el primer largometraje dirigido con muy buen criterio por Joel Crawford, curtido en el departamento artístico de la compañía por sus trabajos como ‘El origen de los guardianes’, ‘Bee Movie’, o la saga de Kung Fu Panda. Incluso presta su voz original a uno de los personajes (aunque de manera breve), del mismo modo que el propio Sanders hace con Cintu, el perezoso multiusos.

Los Croods (Crug y Ugga como padres, sus retoños Eep la chica, su hermano Tonk, la pequeña salvaje Sandy, la impredecible matriarca Abu, y el adoptivo Chico), continúan sus andanzas como manada por la faz de la antigua tierra, sorteando las peligrosas embestidas de animales tan inverosímiles como ridículamente variopintas. Hasta que se topan con otros humanos tecnológicamente más avanzados y un tanto más educados: los Masmejor, abanderados de una vida de lujo y comodidades no exenta de peligros.

‘Los Croods: Una nueva era’ recupera un estupendo diseño de personajes ya trabajado. Y con solo tres nuevas incorporaciones y un derroche de colorido y fantástica animación, logra una historia salvajemente divertida. 

En su cuaderno de bitácora habla de la familia, del afecto, de la diversidad. De la independencia y del sentimiento de pertenencia al clan. De la búsqueda de oportunidades y de la amistad. Su elenco cavernícola se ríe del propio sapiens y hasta se mofa del embelesado amor de adolescentes y de esas tontunas que se dicen y hacen cuando se está enamorado.

No es posible dejar de sonreír tras haberlo pasado en grande, con independencia de la edad con la que entres a la sala. Ojalá los Croods hayan regresado para quedarse con alguna otra aventura más. Son sencillamente adorables y divertidos al cien por cien.

Lo mejor: la ristra inalcanzable de aventuras, gags bien hilados y el cachondeíto latente entre paletos salvajes y snobs con chanclas, por no hablar de las oportunas fauna y flora autóctonas, que ponen en duda la mezcla genética de cualquier teoría evolutiva.

Lo peor: que alguien te mire con cara de extrañeza si acudes a disfrutarla con unos años cumplidos sin alguna compañía menuda, pero es que merece la pena. Esperemos que no haya dos sin tres, sobre todo con esta admirable factura.

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