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‘Midsommar’, flower power sectario

Una pareja americana que no está pasando por su mejor momento acude con unos amigos al Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una remota aldea de Suecia. Lo que comienza como unas vacaciones de ensueño en un lugar en el que el sol no se pone nunca, poco a poco se convierte en una oscura pesadilla cuando los misteriosos aldeanos los invitan a participar en sus perturbadoras actividades festivas.

Dícese que el terror es ese miedo muy intenso que quienes tenemos sentimientos podemos padecer ante determinadas situaciones incomprensibles. No es algo exclusivo del ser humano, sino de la mayoría de los animales dotados un mínimo de inteligencia. Pero en nuestro caso, se añade que ciertos factores psicológicos, paranormales e incluso incomprensibles para nuestra limitada mente, pueden transformar ese miedo visceral para que nos aterrorice cuando el raciocinio se ve sobrepasado. Este género cinematográfico suele tener muy presente dichos principios, y cuando se presenta este sentimiento desnudo, próximo y posible en una realidad común y hasta cercana, logra devorarnos con auténtico pavor.

Ari Aster, en su segunda entrega cinematográfica, ofrece un salto cualitativo sin necesidad de acudir a recurso parapsicológico alguno, como sucedía en  ‘Hereditary’, sino que, de un ambiente tan idílico y bucólico, extrae su máximo potencial para hacérnoslo pasar mal.

‘Midsommar’ es un actual viaje en el tiempo para visitar una comunidad anclada en tiempos ancestrales. Un festival de amor y colectividad escondido en uno de esos bosques perdidos que, por desgracia, ni siquiera aparecen en el Google Earth. Florece nueve días cada noventa años, en algún remoto punto de la civilizada localidad sueca de Estocolmo. Es un cuento de verano en el que el terror fluye con la misma fluidez que se justifica el amor en este flower power sectario

Silencios muy incómodos, situaciones incomprensibles a nuestro entendimiento, ilustraciones como un cuento románico sobre las estaciones del ser humano, malos rollos, y muchas vulnerabilidades en sus personajes pacientes, hacen que ‘Midsommar’ parezca un cuadro demasiado macabro como para ser real, pero precisamente por ello su valor es más auténtico y efectivo a la hora de sembrar el miedo en el espectador.

Sus protagonistas (Florence Pugh y Jack Reynor), deambulan entre el colocón monumental y la tortura psicológica de tener que aceptar una manera de sentir y de vivir basada en los peligros de la conciencia colectiva, en la dictadura de la secta. De ahí que sus interpretaciones sean a la vez tan naturales como incomprensiblemente cruentas.

El ‘Midsommar’ de Ari Aster se revuelve onírica, con gran potencia visual (planos cenitales que dan la vuelta a nuestro mundo tal y como lo conocemos), y letanías musicales que hipnotizan hasta el borde del suicidio. Posee una cuidada iconografía, y sus dos horas casi y media te atrapan y envuelven en su tela de araña con una narrativa inquietante y desasosegadora.

Es un tipo de terror del que se graba en la mente, no por circunstancias sobrehumanas sino por el horror que puede llegar a suponer la conciencia colectiva de las sectas e intentar comprender y procesar la lógica de las mismas.

‘Midsommar’ es un flower power salvaje, no apto para un público mínimamente aprensivo, que hará las delicias de quienes han pasado a una fase posterior al susto fácil.

Lo mejor: su atmósfera y la inquietud que recrea en el espectador.

Lo peor: algún cabo suelto que se deja por el camino, como la conexión entre el drama inicial de su protagonista y el grueso de la trama.

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